A writer’s pastime | Pasatiempos de escritor  (excerpt)

by

A writer’s pastime

Claudia Ulloa Donoso*

Translated by Cynthia Via

I’ve have decided to stop writing. Since my books are found in every the bookstore in the country, I live alone and get drunk; my food always comes out of a can and I smoke more than ever. Some people believe this type of life makes me bohemian—that it’s attractive, and even helps me sell more books, but the truth is that I’m just miserable. I want to return to my old hobbies, the ones I left to the side because of writing; collecting screws, for example.

So far I have three hundred screws of different materials—some are even plastic— classified by date and the place I found them. They are not simple screws bought in a hardware store. No. These are special, almost like people; at least that is how I consider them. Finding them on the street, alone and isolated, makes me think they escaped their destiny of being fixed in a single place: being one more supporting an eternal burden. Sometimes they rust, but at the end it’s better than standing forever in the prosthetic hip of a handicapped person, or inside the fake teeth of some miserly old lady that complains about pigeons nesting in her balcony. I also have those types of screws, the ones found on streets near hospitals; they are among the group I value the most.

The screw I cherish dearly is the one I found during a funeral. When the coffin was descending into the depths of the pit, the badly screwed door, suddenly came off, leaving us with the face of the deceased. But what happen what not enough to stop the grave diggers and their quick shovels from burying the corpse in front of those watching with indifference. No one said anything; everyone in mourning and motionless, contemplating with eyes wide open. And without tears, the dry earth fell directly over the face of the deceased, like coco sifted over butter for a chocolate cake, little by little, until completely covering it. I knew well that the fallen screw would be someplace waiting for me, and I found it: a silver screw with the funeral parlor’s initials, which coincidentally, are also mine.

I’ve walked for more than four hours and I have not found any more screws. When I arrive home, I find the consequence of my literary career: loneliness and disarray. The cat has fallen asleep over the warm spine of the TV I never shut off. There is a rancid smell in the air. The little light on the answering machine flickers red. I have two messages: the first, a sigh, a noise indicating a sense of annoyance with no words. In the other message, I can hear myself saying, “buy anti-dandruff shampoo and cat food.” Before I found it strange to hear my own voice, now it’s an everyday occurrence.

* Claudia Ulloa Donoso - Born in Lima, Perú where she studied Tourism, then studied Spanish in the University of Tromsø, Norway where she teaches Spanish and Norwegian to immigrants. Pajarito, published in 2015 mixes blog entries with short stories; some are fiction, memoir, or both.

Pasatiempos de escritor 

Claudia Ulloa Donoso

He decidido dejar de escribir. Desde que mis libros están en todas las librerías del país vivo solo y me emborracho; mi comida sale siempre de una lata y fumo más que nunca. Algunos creen que este tipo de vida que llevo me hace bohemio, más atractivo y hasta me ayuda a vender más libros, pero la verdad es que soy solo un miserable. Quiero volver a mis aficiones de antes, las que dejé de lado por la escritura; coleccionar tornillos, por ejemplo.

Hasta ahora tengo más de trescientos tornillos de diferentes materiales—algunos hasta de plástico—agrupados y clasificados por fecha y lugar donde los encontré. No son simples tornillos comprados en ferreterías, no. Estos son especiales casi como las personas; al menos así los considero yo. El hecho de encontrarlos en la calle, solos y aislados, me hace pensar que escaparon de sus destinos de estar fijos en un solo lugar: ser uno más soportando un carga eterna. A veces se oxidan, pero al final eso es mejor que estar inmóvil para siempre en la prótesis de cadera de alguna vieja avara que se queja de las palomas que anidan en su balcón. Porque de ese tipo de tornillos también tengo: los he encontrado en las calles próximas a los hospitales y están en el grupo de los que más valoro.

El tornillo que más aprecio fue uno que encontré en un funeral. Cuando el ataúd descendía a la profundidad de la fosa, de pronto, la puerta mal atornillada se salió de su sitio dejando ver la cara de muerto: pero lo sucedido no fue motivo suficiente para impedir que las veloces palas de los enterradores sepultaron el cadáver ante la indiferencia de todos los presentes. Nadie dijo nada; todos de luto e inmóviles contemplaban con los ojos bien abiertos y sin lágrimas la tierra seco que caía directamente sobre la cara del difunto, como la cocoa cernida sobre la mantequilla para un torta de chocolate, poco a poco, hasta cubrirlo totalmente. Sabía bien que en algún lugar estaría el tornillo zafado esperando por mí y, si, lo encontré: un tornillo de plata con las iniciales de la funeraria que, coincidentemente, son también las mías.

He caminado más de cuatro horas y no he encontrado ningún tornillo. Llego a casa y me encuentro con la consecuencia de mi carrera literaria: soledad y desorden. El gato se ha quedado dormido sobre el lomo cálido del televisor que nunca apago. Hay un olor rancio en el ambiente. La lucecita del contestador parpadea en rojo. Tengo dos mensajes: el primero, un resoplido, un ruido que denota fastidio y ninguna palabra: un mensaje de ella. En el otro mensaje me puedo escuchar a mí mismo diciendo “comprar champú anticaspa y comida para el gato.” Antes me resultaba extraño escuchar mi propia voz, ahora es algo de todos los días.

*Translation done for educational purposes